En éste último curso me he quedado sin amigos (a los que he reemplazado con vestidos pomposos y problemas con la comida), pero aún así pienso que soy el tipo de persona que no debe tenerlos. No solo por mí, si no también por ellos. Como pienso no hablo, y no me expreso como lo hago en mi cabeza. Son dos entidades separadas, porque por dentro soy dulce y amable y triste, siempre cansada, rozando casi el princesismo, pero todo aquello se va al garete en el momento en el que abro la boca. Me siento increíblemente manipuladora, porque para persona con la que me relaciono hay una voz diferente. Literal y metafóricamente. La voz que más se asemeja a la que tengo realmente es con la que hablo a gente a la que siempre he conocido, como mi familia y amigos de la infancia, y ni siquiera esa es mi verdadera voz (siempre es más dura e impulsiva, increíblemente desagradable)
Y a Yeray Vázquez, al pobre Yeray Vázquez, que es un pedacito de cielo, le trato como una loca acosadora. Al estar sola estoy tranquila, porque la soledad me protege, y yo soy mi única amiga. Cuando viene alguien actúo de forma impulsiva porque no sé que hacer con la gente. Así, me he dado cuenta de que la única Inés verdadera sólo puede existir en la soledad, y cruzando conversaciones encantadoras con gente desconocida. He de mantenerme yo, porque esa es la versión más pura de mi misma.
En mi lucha por la individualidad no haré más amigos el año que viene. Es una promesa.
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